Tenemos una vida saturada. El bombardeo de noticias, videos, fotos y publicidad en medios de comunicación no nos permite estar en silencio. Son pocos los momentos de reflexión, en los que nos damos un tiempo para cuestionarnos sobre nosotros mismos y el mundo.
Todo es rápido, inmediato, o como diría Bauman: líquido. Lo efímero reina la sociedad, desde los objetos hasta las relaciones personales. Pensamos que estamos en una carrera y que no podemos detenernos ni un segundo. La rutina nos consume, y desplaza lo más importante hasta el final: el tiempo para nuestros intereses o hobbies, y el tiempo de calidad con seres queridos.
Y si ponemos pausa a nuestro reloj mental solo por un rato… ¿sería tan grave?
Creo que dedicar un espacio de nuestro día para estar en silencio, reflexión y calma debería ser casi obligatorio. Se dice que «no hay suficiente tiempo», que estamos muy ocupados y que hay prioridades: el trabajo, la escuela, la rutina. Pero en qué punto nos daremos cuenta que la vida se nos va en estas obligaciones, en lo que «no se puede postergar». ¿Dónde hemos dejado nuestras pasiones, lo que nos hace sonreír?
Regálate diez minutos, al menos diez, para meditar, poner música, relajarte, tomarte un café y no pensar en nada más, o simplemente quedarte en silencio y escuchar tu respiración. Si empezamos por cultivar nuestro espíritu, veremos cambios en nuestras formas de vida. Cualquier cambio positivo a nivel social comienza con el cambio individual. La transformación viene de adentro hacia afuera. Debemos encontrarnos primero, conocernos y mejorarnos para después poder pedir el cambio a otras personas.
El cambio siempre empieza en ti.
Monse Fábregas
